La génesis de una obra maestra suele hallarse en el cruce de la agonía física y la lucidez del espíritu. Hacia el año 1890, José Martí padecía un quebranto de salud profundo; sus fuerzas flaqueaban bajo el peso de una labor titánica en la urbe neoyorquina. El invierno de angustia, marcado por las tensiones de la Conferencia Monetaria de Washington, amenazaba con sepultar su voluntad bajo la nieve del exilio. En ese rincón de los montes Catskills, rodeado de agua de cascada y bajo un techo de hojas, el poeta halló el silencio necesario para escuchar el latido de su propia tierra. Los versos brotaron del pecho con la fuerza de un fenómeno de la naturaleza; se alejaron de la retórica recargada del siglo para buscar la pureza del cristal.
Se encontraba en una encrucijada vital de proporciones épicas. Su separación de Carmen Zayas Bazán y la renuncia a sus cargos consulares en favor de la causa de la libertad le otorgaban una soledad dolorosa. En este aislamiento, el entorno funcionó como una madre nutricia que le devolvió la fe en la unidad del universo. El autor afirma en su prefacio que estos versos son el producto de un rapto de verdad; se le salieron del corazón en una noche de poesía y amistad. Este proceso recuerda la noción de inspiración, donde el intelecto cede su trono a la intuición pura. La obra resultante es un testamento de conducta que define la esencia de la patria desde la belleza eterna.
La palma aparece en la primera estrofa como un eje sobre el cual gira toda la identidad del cubano. El poeta se define como un hombre sincero de donde crece esa planta noble; vincula su ser con el paisaje de su infancia con un nudo indisoluble. No existe aquí un artificio gratuito; el verso es una imagen fiel de la tierra. El uso del octosílabo, metro de la tradición popular, permite que estas verdades se instalen en la memoria de la gente con facilidad. Se evita la complicación de la frase para privilegiar la luz del mensaje. La belleza se convierte en una herramienta de lucha; la estética se pone al servicio de la liberación del hombre.
Martí escribe bajo la sombra de la finitud, teme que la muerte llegue antes de que sus ideas de justicia se concreten en la realidad de la isla. En estas líneas se percibe una desconfianza hacia la pompa académica y los oropeles de la literatura de salón. Prefiere el verso que nace del contacto con el suelo.
Esta búsqueda de la forma pura tiene una raíz en su visión del mundo como una unidad de opuestos. La vida y la muerte se integran en un ciclo donde la caída de un hombre es la semilla de una nación. El poeta afirma que ama la sencillez y cree en la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas.
En los montes Catskills, Martí descubrió que la naturaleza enseña la modestia y facilita la virtud. Observa el arroyo manso y la rama trunca que busca un retoño. El paisaje de Nueva York se funde con el recuerdo de Cuba en una sola visión de armonía universal. La montaña es su templo; la naturaleza posee una función de sanación para las heridas del alma y del cuerpo.
La injusticia de los hombres le causa un dolor, que solo el aire fresco de la sierra puede calmar. Es un hombre de la tierra que entiende el lenguaje del viento en las ramas. La naturaleza es el sostén de sus vivencias más íntimas. Sigue la idea de que la realidad física es un símbolo de lo espiritual. Cada flor y cada pájaro en la gruta umbría son testigos de su compromiso con la belleza.
La capacidad de crear y de pensar pone al ser humano en la cima del universo natural. El poeta busca que su verso aprenda el rumor y la majestad del pino. La belleza es una necesidad del espíritu para vencer la fealdad de la opresión. Es un esteta que muestra a los hombres la utilidad de amar lo perfecto.
El brillo surge de la presión de los deberes y del fuego de la lucha por la justicia. Se siente orgulloso de su pobreza y de su suerte junto a los humildes. Desprecia el lujo que no tiene raíz en la virtud. Sabe que la felicidad verdadera nace del sufrimiento útil.
La dualidad entre el bien y el mal se manifiesta en cada estrofa de la obra. Establece opuestos claros para que el lector tome una decisión consciente.
Martí no es solo el poeta de Cuba; es un pensador del orbe. El poeta integra el color y la plasticidad en sus versos con una maestría que anticipa los logros del futuro. Es un hombre de luz con una inquietud sublime por el destino de todos los pueblos.
Propone una estética de la libertad. Cree que de los jóvenes puede surgir el esplendor de una nueva imaginación. Rechaza la imitación perpetua de tipos de belleza cuyos elementos han muerto. Quiere que el verso sea fino y profundo como una nota de arpa. La poesía es panforme y cumple sus épocas diversas en la inmensidad del conjunto análogo de la vida.
Ser cubano en la obra de Martí es un acto de creación continua. Dota a la nacionalidad de un espíritu que reside en la dignidad y el decoro. Cree que un pueblo sin conocimiento de la dulcedumbre y de los placeres de la vida está condenado a morir. La belleza es una necesidad para el crecimiento del ser humano. Asume la misión de mostrar a los hombres la utilidad de amar lo hermoso.
Nos enseñó a escribir desde el centro del universo con la humildad de saberse una minucia en el espacio. Logró una armonización perfecta entre la forma y el contenido.
Los Versos sencillos son la joya de la poesía nacional porque encierran la esencia de un hombre que dio su vida por la libertad. Es un hombre de luz que sigue guiando el destino de su patria desde la belleza eterna de sus palabras.
Su verso es el dulce consuelo que nace al lado del dolor y se eleva hacia la eternidad. Cumplió su misión de poner el sentimiento en formas sinceras y dejó a su pueblo el tesoro de su alma en cuarenta y seis poemas que son la cuna de la nacionalidad cubana. La belleza de Martí es una belleza profunda; es la belleza de quien ama la verdad por encima de todas las cosas.
